lunes, 9 de octubre de 2017


EL ESPÍRITU SANTO-Luis María Martínez 
LIBRO BREVE O COMPENDIO







INTRODUCCION

Considerando que estos temas constituyen un conocimiento necesario para quienes profesamos la fe católica, he decidido  adaptarlo a la serie de libros publicados por mi persona en mi blog personal y así poderlo difundir entre mis allegados. Solo he incorporado algunas figuras alegóricas y la presentación  característica de mis ediciones.
Debo confesar que existen temas que en esta etapa de mi vida he querido ahondar, este es uno de ellos, además de las Virtudes Teologales y del Santísimo Sacramento del Altar que también recibirán este mismo trato. Recuerdo que he escrito antes temas religiosos como "La Casa de Dios" (San Benito Abad), "Iglesias y Capillas de mi pueblo" y "Testimonio de un Peregrino" en Jerusalen.

NESTOR GERMAN RODRIGUEZ



A MANERA DE PROLOGO

Ponemos a disposición del lector esta primicia de CATOLICIDAD: Un excelente compendio del libro "El Espíritu Santo", obra cumbre de Mons. Luis María Martínez, quien fuera obispo mexicano y Arzobispo Primado de México (1937-1956), trigésimo segundo sucesor de Fray Juan de Zumárraga y custodio de la venerada imagen de la Virgen de Guadalupe del Tepeyac. Actualmente se encuentra en proceso de beatificación y es llamado popular y afectuosamente como "el santo del Espíritu Santo", aun cuando no está canonizado.

Precisamente su devoción por la tercera persona de la Santísima Trinidad le llevó a escribir esta obra llamada precisamente así: "El Espíritu Santo". Este libro, muy bien escrito y excelentemente explicado, consta originalmente de 475 páginas, pero gracias a la labor del Dr. Héctor Guiscafre Gallardo que realizó recientemente el presente compendio de poco menos de 50 páginas de texto más cuadros sipnóticos y algunas páginas en blanco como separadores, alcanza apenas las 68.

La obra consta de cuatro partes y finaliza con el índice temático. Vivamente la recomendamos a todos nuestros lectores que podrán leerla en este blog o, para mayor comodidad, si lo desean, imprimirla.

El apasionante tema del Espíritu Santo, siendo tan vital para nuestra fe, es uno que por lo general es poco profundizado por la mayoría de los católicos; este compendio permitirá subsanar esta situación a muchos sin necesidad de leer la obra completa de Mons. Luis María Martínez.

Sin duda, si lo lees, te enamorarás del Espíritu Santo y comprenderás mejor a la tercera persona de la Santísima Trinidad, gracias a la sabiduría de su autor y a la labor del compendiador. 

CATOLICIDAD se enorgullece de presentar esta primicia en internet.

  
INDICE TEMÁTICO


Portada
Introducción
A manera de Prólogo
Nota del Compendiador
Parte I. La verdadera devoción al Espíritu Santo
1.1 Mirada de conjunto
1.2 El dulcísimo huésped del alma
1.3 El Director supremo
1.4 El don de Dios
1.5 El ciclo Divino
1.6 La moción del Espíritu Santo por los dones
1.7 La correspondencia del alma al Paráclito
1.8 Ejercicio de las virtudes teologales
     1.8.1 Aspectos generales
     1.8.2 La Fe
     1.8.3 La Esperanza
     1.8.4 La Caridad
1.9 Seguir las inspiraciones del Espíritu Santo
1.10 Que se haga la voluntad del Padre
1.11 La Cruz
1.12 Recapitulación de la primera parte

Parte II. Los siete dones del Espíritu Santo
2.1 Aspectos generales
2.2 El don del Temor de Dios
2.3 El don de Fortaleza
2.4 El don de Piedad
2.5 Los dones intelectuales.
2.6 El don de Consejo
2.7 El don de Ciencia
2.8 El don de Entendimiento
2.9 El don de Sabiduría

Parte III. Los doce frutos del Espíritu Santo
3.1 Aspectos Generales
3.2 La Caridad, el Gozo, la Paz
3.3 Paciencia y Longanimidad
3.4 Bondad, Benignidad, Mansedumbre y Fe
3.5 Modestia, Continencia y Castidad
3.6 Conclusiones

Parte IV. Las ocho bienaventuranzas.
4.1 Aspectos generales
4.2 Primera Bienaventuranza
4.3 Segunda Bienaventuranza
4.4 Tercera Bienaventuranza
4.5 Cuarta Bienaventuranza
4.6 Quinta Bienaventuranza
4.7 Sexta Bienaventuranza
4.8 Séptima Bienaventuranza
4.0 Octava Bienaventuranza

  

NOTA DEL COMPENDIADOR
Introducción:
“La vida cristiana es esencialmente amor. El amor que el Espíritu Santo derrama en las almas, en forma de virtudes y dones”.
Mons. Luis María Martínez



LUIS MARIA MARTINEZ

Para ti, que no tienes tiempo o hábito de leer libros tan extensos me he permitido hacer un compendio del libro y he logrado reducir de 475 a 50 páginas. El 99% del escrito es original del autor, de Mons. Martínez, yo sólo he escogido los párrafos que me han parecido más importantes, específicos del tema y no repetitivos o redundantes y he escrito pequeñas frases para darle ilación. Ahora lo ofrezco a ti lector de pequeños libros o de libros compendiados, con el interés de que te sea útil y que conozcas más y te enamores, como a mí me ha sucedido, del Espíritu Santo. En el caso de que consideres que este compendio o libro breve te ha sido útil, te agradeceré que lo difundas entre tus conocidos.

El compendiador: Héctor Guiscafré Gallardo



1. LA VERDADERA DEVOCIÓN AL ESPÍRITU SANTO.



1.1 Mirada de conjunto

La vida cristiana es esencialmente amor. La caridad que el Espíritu Santo derrama es forma de todas las virtudes y los dones; es un amor ordenadísimo, pues la virtud, según la bella y profunda frase de San Agustín, es “el orden en el amor”. Y ese orden es fruto de la luz, de la verdad dogmática; así enseña Santo Tomás de Aquino: “Propio de la sabiduría es ordenar”.
La vida cristiana es la reproducción de Jesús en las almas, y la perfección, que es una reproducción fidelísima, consiste en la transformación de las almas en Jesús. Es conocidísima la frase de San Pablo: “Vivo, ya no yo, sino Cristo vive en mí”.
1 Y aquella otra del mimo apóstol: “Nosotros, que contemplamos la gloria del Señor, nos transformaremos en su imagen de claridad en claridad”.
2 Ahora bien: ¿Cómo se realizará esta mística reproducción de Jesús en las almas? El Credo nos lo enseña con concisión y precisión:
“Fue concebido por obra del Espíritu Santo, de María Virgen”.
Así es concebido siempre Jesús, así se reproducen las almas; es siempre el fruto del cielo y la tierra; dos artífices deben concurrir en esta obra divino-humana, el Espíritu Santo y la Virgen María, porque son los únicos que pueden reproducir a Cristo. Así, dos son los santificadores esenciales de las almas: el Espíritu Santo y la Virgen María
El primero es santificador por esencia, porque es Dios, la santidad infinita, porque es el Amor personal que consuma, por decirlo así, la santidad de Dios, consumando su Vida y su Unidad y porque a Él corresponde participar a las almas el misterio de aquella santidad. La Virgen María es tan solo cooperadora, pero instrumento indispensable en los designios de Dios. Del influjo material que tuvo María en el cuerpo real de Cristo se deriva el influjo que tiene en ese cuerpo místico de Jesús. Que en todos los siglos se va formando hasta que al fin de los tiempos se eleve a los cielos, bello y esplendido, consumado y glorioso. Pero los dos –El Espíritu Santo y María- son los indispensables artífices de Jesús, los imprescindibles santificadores de las almas. Cualquier santo del cielo puede cooperar a la santificación de un alma; pero su cooperación ni es necesaria, ni profunda, ni constante; en tanto que la cooperación de esos dos artífices de Jesús, de quien venimos hablando, es tan necesaria, que sin ellas las almas no se santifican, dados los actúales designios de Dios. Esta cooperación es tan íntima que llega hasta las profundidades del alma; pues el Espíritu Santo derrama la caridad en nuestros corazones. Hace de nuestra alma un templo y dirige nuestra vida espiritual por medio de sus dones. La Virgen María tiene eficaz influjo de medianera en las más hondas y delicadas operaciones de la Gracia en nuestras almas. Tal es el lugar que en el orden de la santificación corresponde al Espíritu Santo y a la Santísima Virgen. Y la piedad cristiana debe poner en su lugar a estos dos artífices del Cristo, haciendo de ellos algo necesario, profundo y constante.

1.2 El dulcísimo huésped del alma

Empecemos con una semejanza: Había un gran artista, un gran escultor muy exigente con su trabajo. ¡Cuántas veces, bajo el influjo de la inspiración, le ha parecido demasiado tosco el cincel y grosera la materia en la quiere exteriorizar su pensamiento reproduciendo los finos matices de la imagen que cautiva su alma! ¡Cuántas veces desea unirse al mármol con unión estrecha y compenetrarlo, como si fuera parte de su alma, modelarlo a placer, como plasma en sus sueños el ideal que ama! Así concibo la obra santificadora del Espíritu Santo, artista de las almas: ¿No es la santidad el arte supremo? Dios no tiene sino un hijo. Ese hijo suyo es Jesús. El Espíritu Santo ama a Jesús más pero mucho más que el artista a su ideal supremo. Ese amor es su ser, porque el Espíritu Santo es el amor único, el amor personal del Padre y del Verbo. Con divino entusiasmo se acerca a cada alma, soplo del Altísimo, luz espiritual que puede fundirse con la luz increada, esencia exquisita que puede transformarse en Jesús, reproduciendo el ideal eterno. Por esto la primera relación que tiene el Espíritu Santo con las almas es la de ser el dulce huésped de ellas. Como invoca la Iglesia al Espíritu Santo en la prosa inspirada de la Misa de Pentecostés.
Más quiero llamar la atención sobre el hecho de que la Santa Escritura atribuye de manera espiritual esta habitación de las almas al Espíritu Santo. Y no es de manera transitoria como viene a nosotros el Espíritu Santo; no es el huésped pasajero que nos visita y se va; sino que establece en nosotros su morada permanente y vive en íntima unión con nuestras almas, como huésped eterno. Así nos lo prometió Jesús en la última noche de su vida mortal:
“Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca con vosotros para siempre el Espíritu de verdad que el mundo no puede recibir, porque permanecerá con vosotros y estará con vosotros”.
3 ¿Por qué se atribuye al Espíritu Santo esta habitación de las almas? Porque es obra del amor; Dios está en nuestras almas de manera especialísima porque nos ama. Por consiguiente la razón profunda de que Dios habite en nosotros, de que El permanezca en nosotros y nosotros en Él, es el amor. El amor de Dios que desciende hasta las profundidades de nuestras almas, el amor que por sus exigencias irresistibles atrae al Dios de los cielos y lo cautiva con los vínculos de la caridad. Son esos dos amores que se buscan, que se encuentran, que se difunden en la divina unidad; es por parte de Dios el Espíritu Santo que se nos da y por parte nuestra debe ser la caridad, a imagen del Espíritu Santo, que no puede separarse del divino orden. En el orden sobrenatural el amor lleva a la luz: el Espíritu Santo nos conduce al Verbo y por el Verbo vamos al Padre, en el que toda vida se consuma, y todo movimiento se convierte en descanso y toda creatura halla su perfección y su felicidad: porque todas las cosas se consuman cuando vuelven a su Principio.

1.3 El Director supremo

El huésped dulcísimo del alma no permanece ocioso en su santuario íntimo. Como es fuego y amor –ignis, caritas, según la Iglesia lo llama- apenas toma posesión del alma, extiende su influencia bienhechora a todo ser humano y comienza con divina actividad su obra de transformación. Como el conquistador que al tomar posesión de su reino pone en cada ciudad quienes ejecuten sus órdenes y sean como los órganos de su acción en el gobierno de lo que ha conquistado, así el Espíritu Santo, amoroso conquistador de las almas, pone en cada una de las facultades humanas, dones divinos, para que todo hombre reciba, por sus inspiraciones santas, su influjo vivificante. En la inteligencia, facultad suprema del espíritu de la que irradia la luz y el orden sobre todo ser humano, infunde los dones de sabiduría, de entendimiento, de consejo y de ciencia. En la voluntad, el don de piedad y en la región inferior de los apetitos sensibles pone los dones de fortaleza y temor de Dios. Por medio de los dones, el Espíritu Santo mueve a todo hombre, se convierte en Director de la vida sobrenatural, más aún es alma de nuestra alma y vida de nuestra vida. El Maestro íntimo de las almas es el Espíritu Santo; así nos lo  enseñó Jesús en el sermón de la última cena: “El Paráclito Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas y os sugerirá todo lo que yo he dicho.”
San Pablo expresó muy bien esta acción del Espíritu Santo en las almas con estas palabras: “Todos lo que son movidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.”
Y con ellas, el Apóstol   señala un nexo misterioso entre la moción del Espíritu Santo y la divina filiación. Por el Espíritu Santo nos hacemos hijos de Dios y porque somos hijos, somos movidos por el Espíritu de Dios. Porque somos hijos, somos herederos y nadie puede llegar a la herencia de aquella tierra de los bienaventurados sino es movido y guiado por el Espíritu Santo. Así lo enseña Santo Tomás quien interpreta en ese sentido las palabras del salmista: “Tu espíritu bueno me conducirá a la tierra recta”.
6 Esta dirección íntima de nuestras almas, realizada por el Espíritu Santo, es algo profundamente enlazado con nuestra vida espiritual, es algo que esta vida exige esencialmente, así como nuestra vida natural exige la moción en nuestra alma y por consiguiente: El Espíritu Santo es con verdad el alma de nuestra alma y la vida de nuestra vida.

1.4 El don de Dios



El Espíritu Santo no vive en nosotros únicamente para poseernos por su dulce presencia y por su divina acción; vive también para ser poseído por nosotros, para ser nuestro. ¡Qué tan propio del amor es poseer como ser poseído! Es el don de Dios por excelencia, y el don, que es de quien lo da, se convierte en posesión de quien lo recibe. El don de Dios es nuestro don por el prodigio del estupendo amor de Dios. Aunque también se dice en los libros Santos que Dios nos dio a su hijo, el nombre de don tiene un sentido propio o particular del Espíritu Santo. Propio del amor es dar dones, pero su primer don, don por excelencia, es el amor mismo. El Espíritu Santo es el amor de Dios, por eso es el don de Dios. El don mismo de su hijo nos lo hizo Dios por amor, y por consiguiente aún ese don inenarrable es el primer Don, el Don por excelencia, el amor de Dios, el Espíritu Santo. Esta inefable intimidad la tiene el alma que está en gracia, con las tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad; más la primera intimidad es con el Espíritu Santo, porque es el primer don. No quiere decir esto que se pueda poseer una persona divina sin poseer las demás, pues son inseparables; pero, según el orden de apropiación, la razón de poseer al Padre y al Hijo es que poseemos al Espíritu Santo, que es el primer don de Dios. La posesión es el ideal del amor, la posesión mutua, perfecta e inadmisible. Dios al amarnos y permitir que le amáramos satisfizo divinamente esta exigencia del amor: quiso ser nuestro y que nosotros fuéramos suyos. Podemos gozarlo y usar de sus efectos. Esta es nuestra potestad. Y está a nuestro arbitrio gozar de esa dicha que llevamos en nuestra alma. Santo Tomás de Aquino dice: “Por la Gracia no sólo puede el alma usar libremente del don dado, sino gozar de la misma Persona divina”
Llama la atención la dulce familiaridad de los santos, la confiada audacia con la que se acercan a Él. No tiene nada de extraño, lo admirable, lo estupendo, es que Dios nos ame y que quiera ser por nosotros amado. Sin duda que esa participación plena del Verbo y del Espíritu Santo que nos hace conocer y amar íntimamente a Dios, es la santidad. Pero apenas la vida de la gracia se inicia en las almas, Dios otorga sus dones y por lo tanto las almas comienzan a gozar de Dios. Antes de que la vida espiritual llegue a la madurez de la unión, posee el alma el Don de Dios, pero como quien posee un tesoro cuyo valor desconoce y de cuyas ventajas no puede aún disfrutar plenamente. Esa vida espiritual imperfecta es la vida común de la mayoría de nosotros, no tiene aún plena conciencia ni plena posesión de sí misma: En el amor terreno ¡Qué imperfecto, que inconsistente es esa posesión! ¡Hay sombras tan espesas en el entendimiento! ¡Hay todavía tan grande mezcla de afectos en el corazón! ¡Está el alma tan ligada las criaturas! Que ni sabe el alma lo que posee, ni tiene la santa libertad de los hijos de Dios para batir sus alas y elevarse al gozo de Dios. Esta es precisamente la obra del Espíritu Santo en las almas: desarrollarlas hasta su santa madurez, hasta la plenitud dichosa. Desarrollar ese germen de amor que Él mismo depositó en las almas. La vida espiritual es la mutua posesión de Dios y del alma, que es esencialmente su mutuo amor. Cuando el Espíritu Santo llega a poseer plenamente un alma y ésta logra poseer plenamente el Don de Dios; esa es la unión, esa es la perfección, esa es la santidad. Entonces Dios obra en el alma como se obra en lo que nos pertenece por completo, y el alma goza de Dios, con la confianza, con la libertad y con la dulce intimidad con que disponemos de lo nuestro.

1.5 El Ciclo Divino

 Tal es el ciclo divino de la santificación de las almas: nadie puede ir al Padre sino por Jesús; nadie puede ir a Jesús sino por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo procede del Padre. Este ciclo de amor se cierra en el seno inmenso del Padre, puesto das las cosas encuentran su perfección cumplida cuando vuelven a su principio. Pero este divino ciclo debe comenzar de nuevo, debe estar comenzando siempre y consumándose, hasta el fin de los tiempos. Hasta que exista el último hombre, al que Dios amará también y luchará por ganarlo para el cielo enviándole también el Espíritu Santo.




Figura 1.-El Ciclo Divino para la santificación de las almas. La flecha indica la dirección del ciclo. Nadie llega a Jesús sino es a través del Espíritu Santo. Nadie llega al Padre sino es a través de Dios hijo, el Espíritu Santo es el primer don del Padre que llega a nosotros, es el mismo Amor de Dios. Y así se cierra este círculo virtuoso,que se repite infinidad de veces, durante toda tu vida y hasta el fin de los tiempos (mientras haya almas que salvar)

1.6 La moción del Espíritu Santo por los dones

La actividad del Espíritu Santo en nuestras almas es moción: nos santifica moviendo, con la dulzura del amor y con la eficacia de la omnipotencia, todas las actividades de nuestro ser. Solamente Él puede movernos así, porque únicamente Él posee el sentido divino de tocar las fuentes de la actividad humana sin que los actos dejen de ser vitales o sea SIN QUE DEJEN DE SER LIBRES. La moción del Espíritu Santo que pretendemos estudiar, la que realiza con sus dones, es algo especial, aún entre las mociones de orden sobrenatural. En las demás, el Espíritu Santo ayuda a nuestra debilidad, pero deja la dirección de los actos a nuestras facultades superiores: la razón dirige, la voluntad ejercita. Pero en esta especialísima moción a la que nos referimos, el Espíritu Santo toma, en lo más íntimo de nuestras almas, el lugar que corresponde a lo más alto y más activo y se constituye en director del alma, en plenitud de fuerza y sin alterar su libertad.
“Los que son movidos por el Espíritu Santo, éstos son los hijos de Dios” dice el Apóstol San Pablo. Ahora bien, para que el Espíritu Santo mueva a un alma necesita estar íntimamente unido a ella por la caridad. Nos mueve porque nos ama, y es por nosotros amado, nos mueve en la medida de nuestra mutua posesión. Se podría decir que su moción es una caricia del amor infinito de Dios. Sin esta moción del Espíritu Santo es imposible conseguir la salvación de nuestras almas y menos aún la perfección cristiana. Nuestra salvación y nuestra perfección consisten en la reproducción fiel de Jesús en nuestras almas. Pues bien, esta reproducción no la logrará jamás el discípulo (nosotros), es necesario que la realice el Maestro (el Espíritu Santo). El discípulo prepara el lienzo, dispone el mármol, pero sólo el Maestro puede infundir lo rasgos finos de Jesús en el lienzo purísimo y en el mármol inmaculado de la almas. Para cada uno de ellos Dios ha planeado diferentes instrumentos. Así, para el discípulo son las virtudes y para el Maestro los dones. Las virtudes son sin duda medios preciosos de santificación, pero son nuestros medios. Los instrumentos del Espíritu Santo son sus dones. Las virtudes son infundidas por Dios pero son utilizadas, manejadas por el hombre y por lo tanto limitadas en cuanto a la obra maestra que es la santificación de un alma. Los dones, en cambio, son utilizados por el Espíritu Santo redondeando la obra maestra de nuestra santificación.
¡Oh! Los dones del Espíritu Santo han sido tan olvidados como el mismo divino espíritu. Muchos piensan demasiado en la obra del hombre y poco, muy poco, en la obra de Dios. Exaltan las virtudes, lo cual es justísimo; PERO SE OLVIDAN DE LOS DONES, lo cual es torpeza e ingratitud. El recordarlo, además, ayuda mucho a la humildad, pues nos hace ver que por buenos que seamos, es obra principalmente del Espíritu Santo en nosotros y nuestro mérito es insignificante.

1.7 La correspondencia del alma (la devoción al Espíritu Santo)

¿Qué otra cosa deberá ser nuestra devoción al Espíritu Santo sino la amorosa y constante cooperación con su divino influjo, con su obra santificadora? Ser devoto del Espíritu Santo es abrir el alma para que la habite, dilatar nuestro corazón para que lo unja en su caridad divina, poner en sus manos el bloque informe de nuestras miserias para que forme en él la divina imagen de Jesús. Todo cristiano es un templo del Espíritu Santo; todo cristiano está consagrado a Él; y en este templo en el que Dios habita, no puede hacerse otra cosa, sino lo que se hace en un templo: “Glorificar a Dios”. Si todo cristiano es un templo consagrado al Espíritu de Dios, la consagración al Espíritu Santo es la ratificación de las promesas del bautismo, al recibirnos la Iglesia en su seno maternal. Sin embargo; aclaremos que la devoción al Espíritu Santo no es algo diferente a la vida cristiana, es esa misma vida tomada en serio, comprendida a fondo, practicada con sinceridad. Consiste en conservar siempre limpio, siempre listo para que lo habite Dios, ese templo dedicado al Señor. Ser devoto del Espíritu Santo es comprender la augusta dignidad del cristiano, su misión santa, sus arduos deberes y ponerse en el camino de la perfección cristiana. Finalmente la devoción al Espíritu Santo debe ser total y para siempre. Nuestra intención debe ser así, aunque nuestra flaqueza haga que fallemos posteriormente. Apartar de nuestro corazón los ídolos falsos para dedicarlo sólo a Él. Y no solamente los ídolos falsos, sino todos los afectos de nuestro corazón ajenos a Él. Es tan grande el Espíritu Santo que solamente cabe en un corazón vacío. Y eso hay que hacerlo siempre, todos los días. Siempre tener dispuesto nuestro corazón para recibir y dar el amor de Dios y para recibir los dones del Espíritu Santo, siguiendo su divina moción.

1.8 Ejercicio de las virtudes teologales.




1.8.1 Aspectos generales

En el capítulo anterior expusimos la parte negativa de nuestros deberes para con el Espíritu Santo, es decir, la necesidad de vaciar nuestra alma para que el divino espíritu la llene. Ahora expondremos algo que tiene que ver con la parte positiva, el ejercicio de las virtudes teologales. No debemos olvidar que en la intimidad con Dios lo que el Espíritu Santo comunica al alma, es algo divino que está por encima de todas las fuerzas creadas y que requiere principios de actividad sobrenaturales y divinos. Aún los mismos dones del Espíritu Santo que son superiores a las virtudes morales infusas, no pueden por sí mismos, provocar esa intimidad con Dios, no pueden tocar a Dios, sino que están al servicio de las virtudes teologales, superiores a ellos, porque ellas tienen por objeto propio a Dios y por consiguiente tienen el privilegio inefable de tocarlo. Sin duda que las virtudes teologales, para realizar las operaciones más altas y admirables de la vida espiritual, necesitan del precioso concurso de los dones; pero la esencia de la intimidad del alma con Dios está en ejercicio de las virtudes teologales. La Fe son los ojos que lo contemplan entre las sombras; la Esperanza son los brazos que lo tocan y la Caridades el amor que se funde en inefable caricia con el amor divino.

1.8.2 La Fe. Ahora bien la Fe, nos descubre siempre lo divino, donde quiera que se encuentre, que nos hace mirar al huésped dulcísimo del alma lo mismo entre las tinieblas de la desolación que entre la claridad celestial del consuelo. Una Fe siempre precisa, siempre firme, siempre recta. Nuestra devoción al Espíritu Santo debe pues fundarse en la Fe, que es la base de la vida cristiana, la que realiza nuestra primera comunicación con Dios, la que inicia nuestra intimidad con el Espíritu Santo. Sin duda que esta Fe es por naturaleza imperfecta, y para corregir sus imperfecciones, sirven los dones intelectuales del Espíritu Santo con los cuales la mirada de la Fe se va haciendo más penetrante, más comprensiva, más divina y hasta más deliciosa.

1.8.3. La Esperanza. Por la virtud de la Esperanza tendemos hacia Dios no con la incertidumbre y vaivén de las esperanzas humanas, sino con la seguridad inquebrantable de quien se apoya en la fuerza amorosa de Dios. El término de la esperanza está en la Patria (el Cielo), porque es la eterna y plena posesión de Dios. De la firmeza con la que esperamos la vida eterna se desprende, por legítima consecuencia, la firmeza con la que debemos esperar todos los medios necesarios para alcanzar la felicidad eterna. No caminamos al azar en nuestra vida. La Fe nos da el rumbo, la Esperanza nos permite vivir confiados de alcanzarlo. El más peligroso obstáculo para alcanzar la perfección cristiana es el desaliento, o sea la falta de esperanza. Es por eso que Santo Tomás nos enseña que: “Aunque la desesperación no es el mayor de los pecados (el odio o la infidelidad a Dios serían mucho más graves) si es el más peligroso, pues por este no sólo se muere el alma, sino que se va al infierno”
8. Si la Fe nos da la intimidad con Dios y la Caridad nos enriquece con su amor, la ESPERANZA nos pone en comunión con la fuerza del altísimo y abre nuestra alma a todos los auxilios sobrenaturales de los cuales el Espíritu Santo es fuente inagotable.

1.8.4 La Caridad El Espíritu Santo es el amor infinito y personal de Dios hacia cada uno de nosotros. Y lo que busca y anhela es que nosotros correspondamos a ese amor.
Para eso nos da la tercera virtud teologal: La Caridad. Para corresponder a su amor. Precisamente, lo que Dios nos pide, lo que exige de nosotros, lo que vino a buscar en la tierra, en medio de los dolores y miserias de su vida mortal, fue nuestro amor. Sabía que a pesar de nuestras miserias, podía encontrar almas capaces de amarlo y por lo tanto vino a obligarnos, con los extremos de sus ternuras y con sus locuras de amor, a que lo amaramos. Ya vimos que la devoción al Espíritu Santo es la posesión mutua. Así, es claro que la Caridad está en el fondo de esta devoción. Por eso dice San Agustín “Ama et quod vis fac” y por eso aquel verso de San Juan de La Cruz: “Mi alma se ha empleado y todo mi caudal a su servicio: que ya no guardo ganado, ni tengo ya otro oficio que sólo amarlo es mi ejercicio”.
Entonces, la caridad nos une y enlaza estrechamente con el Espíritu Santo. Nos pone en contacto con la llamarada divina, con el foco del fuego divino, con la fuente única de santidad.


Nuestras facultades
Don del Espíritu Santo
Objetivos del Don
Entendimiento
1.       Sabiduría
Juzgar las cosas divinas

2.       Entendimiento
Penetrar, entender lo divino.

3.       Ciencia
Juzgar a las criaturas.

4.       Consejo
Ordena y dispone nuestros actos.
Voluntad
5.       Piedad
Ordena la relación con los demás.
Parte inferior del alma(Instintos)
6.       Fortaleza
Quita el temor al peligro

7.       Temor a Dios
Modera concupiscencia


TABLA I.- Los objetivos de cada uno de los siete dones del Espíritu Santo y la facultad que es beneficiada por cada uno de ellos.

1.9 Hacer caso a las inspiraciones del Espíritu Santo y abandonarse a Él:

Uno de los caracteres, pues, que debe tener el amor al Espíritu Santo es esta intención solícita para escuchar su voz, para sentir sus aspiraciones, para percibir hasta sus más delicados toques. Primero las almas deben de luchar contra todos los ruidos que turban su silencio; desprenderse valerosamente de todas las criaturas y los afectos, para que no turben el recogimiento y la paz. Después, poco a poco, el amor va enseñoreándose del corazón y esparciendo por todos lados su hondo e inalterable silencio. La voz del Espíritu es suave; su moción delicadísima, y para   percibirla el alma necesita de silencio y paz.
Así como el amor humano, por la unión que produce en los que se aman, hace que el uno identifique las intimidades del otro y adivine, en cierta manera, sus ocultos sentimientos. Así el amor divino, produce ese maravilloso sentido de lo divino que se muestra en las intuiciones de los santos. Uno de los gozos más intensos y delicados del amor es precisamente ese abandono a las disposiciones y a la acción del amado.
Esa dulce esclavitud que hace que el alma pierda su propia soberanía para entregarse a la del amado. Amar es desaparecer, borrarse, anonadarse, para que se realice nuestra transformación en el amado, para fundirse en su magnífica unidad. Ese dulce abandono a todos los movimientos del amor es, a mi juicio, el rasgo más característico de nuestro verdadero amor al Espíritu Santo. Amar a este divino Espíritu es dejarnos arrastrar por Él, como la pluma es arrastrada por el viento, como la rama seca se deja poseer por el fuego; dejarnos animar por Él como las cuerdas de una lira maravillosa, la cual toca sensible y magnífica mente por la inspiración del artista que la hace vibrar. Los grados de ese abandono no son únicamente los grados del amor, sino los grados de la perfección cristiana.
El alma que con divina perfección se abandonó al Espíritu Santo como ninguna otra lo ha hecho, fue al alma de Jesucristo y nunca comprenderemos a que abismos de dolor fue conducida por el Espíritu Santo. El sacrificio del Calvario ha sido el supremo abandono al Espíritu Santo de alma alguna. “Qui per Spiritum Sanctum semetipsumobtulit immaculatum Deo”.

1.10 El Espíritu Santo nos impulsa a realizar o aceptar la voluntad del Padre.

Tres son las formas principales de la devoción a Dios Padre:
1.      La adoración
2.      El amor filial, respetuoso y tierno
3.      Cumplir siempre su voluntad.
Esta fue la vida de Jesús: Adorar, amar y cumplir en todo la voluntad del Padre. Las tres las hizo en forma abundantísima; sin embargo, resalta de las tres su pasión por cumplir la voluntad de su Padre. Con sus propios labios nos enseñó Jesús que vino sobre todo a cumplir la voluntad del Padre
-“Descendí del Cielo no para hacer mi voluntad, sino para hacer la voluntad de aquél que me envió”
-“Siempre hago lo que le es agradable”
-“Quien hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, es mi hermano y mi hermana y mi madre”.
-“Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo.”
Esa fue la forma de obrar de Cristo en la tierra. Y nosotros debemos imitar a Jesús. Pero solamente el Espíritu Santo nos puede dar esa hambre de hacer la voluntad de Dios Padre, porque esa hambre es amor y todo amor verdadero viene del amor infinito de Dios. Solamente el Espíritu Santo puede dar a las almas la participación de los íntimos sentimientos de Jesús.
Si pudiéramos formar una escala precisa y perfectamente graduada de todas las formas de aceptación de la voluntad de Dios, desde la resignación más dolorosa y penosa e imperfecta hasta el gozo purísimo de hacer la voluntad de Dios, que consiste no sólo en gozarse de que se cumpla su voluntad sino en el modo y disposición con la que lleva a cabo su voluntad, por doloroso que fuera, tendríamos al mismo tiempo la escala de los distintos grados de posesión por el Espíritu Santo de las almas.
Jesús nos descubrió el anhelo fundamental de su alma al enseñarnos a decir:
“Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”
Pero este deseo de Jesús no se realiza hasta que el Espíritu Santo toma posesión de las almas.

1.11 La Cruz.



La cruz de Cristo es la clave de la obra grandiosa de Dios, el secreto de su unidad y belleza, el principio coordinador del mundo y de la historia, del tiempo y de la eternidad. Por eso el sueño amoroso de Jesús durante su vida mortal fue la Cruz y la anhelaba como se anhela la dicha, como se busca la plenitud. Como sólo su corazón de hombre-Dios podía anhelar el colmo de sus aspiraciones infinitas: graduada de todas las formas de aceptación de la voluntad de Dios, desde la resignación más dolorosa y penosa e imperfecta hasta el gozo purísimo de hacer la voluntad de Dios, que consiste no sólo en gozarse de que se cumpla su voluntad sino en el modo y disposición con la que lleva a cabo su voluntad, por doloroso que fuera, tendríamos al mismo tiempo la escala de los distintos grados de posesión por el Espíritu Santo de las almas. Jesús nos descubrió el anhelo fundamental de su alma al enseñarnos a decir:
“Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”
Pero este deseo de Jesús no se realiza hasta que el Espíritu Santo toma posesión de las almas.
 “¡Tengo sed de ser bautizado con un bautismo de sangre y cómo me siento apremiado hasta que se realice” .
El sacrificio de la Cruz fue la perfecta glorificación del Padre, el supremo acto de amor hacia Él, y el perfecto cumplimiento de su voluntad. Jesús perpetuó de dos maneras su sacrificio en la tierra: en la Eucaristía y en las almas.
Por eso el centro del culto católico es la Misa (que es la  devoción del hijo al Padre en el Espíritu Santo). Y el centro de la  vida cristiana es la participación mística del sacrificio de Jesús en cada alma. Sí, me atreveré a decir lo siguiente: Hay una Misa íntima y espiritual que cada alma debe celebrar en su interior como participación del Sacerdocio Regio del que nos habla el apóstol San Pedro
Toda alma debe aspirar al martirio, debe tener la cruz como el centro de su vida y la meta de sus aspiraciones. El Espíritu Santo va, poco a poco, encendiendo en las almas un amor ardiente y apasionado al sufrimiento.
El cristiano no aprende a amar el dolor, lo ama sólo cuando lo ve transfigurado en amor. Y esa transfiguración de dolor en amor solamente la ha hecho Jesús en la Cruz. Por ello para amar la Cruz es indispensable ver en ella a Jesús, sentir la dulce y fuerte atracción que ejerce sobre los corazones.
“Cuando fuere levantado de la tierra atraeré a Mi todas las cosas”
 Y así surgen aparentes grandes contradicciones: Nada hay en el hombre abandonado a si mismo que aborrezca tanto como el dolor, y nada hay que ame tan apasionadamente como el dolor cuando queman sus entrañas el fuego del Espíritu Santo. ¿Locura? Sin duda, pero locura divina. La locura de un Dios enamorado que quiso morir por el hombre y que dejó en la tierra el dulce germen de esa locura sublime. ¡Almas que habéis recibido la revelación de la Cruz y sentís en lo íntimo de vuestras entrañas la sed insaciable y torturante de sufrir; no vayáis a otras fuentes a beber el licor divino, sino sumergíos en el océano de amor infinito y bebed a raudales el amor y el dolor, saciaos y sentid que del fondo de vuestra saciedad renace más ardiente la sed divina. ¡Al Espíritu Santo, poseedlo y dejad que os posea, y vuestro amor será fecundo y vuestro dolor será divino! Así pues, el Espíritu Santo con su luz divina nos enseña el misterio de la Cruz y con su fuego nos enseña a amarla y con su fortaleza y unción nos hace partícipes del sacrificio de Jesús Revelándonos al Padre nos revela el misterio de la Cruz, y por la participación de ella nos hace glorificar, al Padre.

1.12 Recapitulación o resumen sobre la Parte I, la verdadera devoción al Espíritu Santo.

Nuestro pensamiento principal ha sido exhortar a las almas para que le den al Espíritu Santo, en la vida espiritual, el lugar que le corresponde según las enseñanzas dogmáticas. No es este divino Espíritu una ayuda poderosa y eficaz pero accidental y secundaria para la perfección; sino que es el Santificador de las almas, la fuente de todas las gracias y el centro de la vida espiritual. Por tanto, la devoción al Espíritu Santo es algo esencial y profundo que deben comprender y vivir todas las almas y más especialmente aquellas que buscan la perfección. El Espíritu Santo es huésped dulcísimo del alma. Es su íntimo y verdadero director. Es el don de Dios por excelencia y el primer don. Es la fuente de todos los otros dones. Su obra santificadora es la de formar a las almas como Jesús, hacerlas parecerse lo más posible a Jesús, realizando de esta suerte en ellas el ideal del Padre. El Espíritu Santo toma posesión en el alma sin tomar en cuenta la voluntad de ésta, por eso es un don. Más para el resultado de su acción requiere siempre de la cooperación del alma. Cuanto más intensa sea su cooperación, más perfectas serán las operaciones en el alma. Esta constante y amorosa cooperación con Él es lo que se considera la verdadera devoción al Espíritu Santo. Esa entrega al Espíritu Santo debe ser total, definitiva y perpetua, una verdadera consagración. Nuestra alma debe arrojar de sí todos los afectos terrenos y todos los ídolos falsos para permitir que el Paráclito inunde en forma total nuestro corazón. Las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad, tiene un mayor peso para nuestra santificación que los dones del Espíritu Santo pues son virtudes sobrenaturales que relacionan directamente a las almas con su Creador. Sin embargo; hay un efecto sinérgico entre ambas. Así, la Fe nos descubre al Espíritu Santo, la Esperanza nos pone en comunión con su fuerza divina, más la Caridad es la que nos enlaza íntimamente con Él y nos funde, por así decirlo, en estrecho abrazo. El amor que tiene por término al Espíritu Santo es un amor de docilidad suavísima, de entrega plena, de perfecto abandono, es un amor por el cual el alma se deja poseer y se entrega con amorosa fidelidad a la acción del director divino.
Esa docilidad exige silencio para escuchar la voz del Espíritu.
Pureza para comprender el sentido de sus palabras,
Abandono para dejarse llevar por Él y espíritu de sacrificio ya que siempre la paloma tiende a volar hacia la cruz.  Pero dejarse poseer no es la fórmula completa. Este amor pide también poseer al mismo Espíritu porque es el Don de Dios. Por ello todo el amor al Espíritu Santo se encierra en esta fórmula: poseerlo y dejarse poseer por Él.
Los amorosos designios del Espíritu Santo en la santificación de las almas, aunque muy diversos –porque cada alma es, en cierta manera, única en su camino y en su misión- tienen todos unidad divina, porque el Espíritu Santo trata siempre de que cada alma se vaya modelando para parecerse a Jesús y así complacer al Padre. La devoción al Espíritu Santo está muy entrelazada con las devociones al Verbo y al Padre. Por el hijo vamos al Padre y por el Espíritu Santo al hijo y el Espíritu Santo proviene del Padre. (el ciclo divino). Es por lo tanto natural que la devoción al Espíritu Santo esté más ligada a la devoción al Verbo. Y estas dos devociones encuentran su coronamiento en la devoción al Padre. La devoción al Padre se caracteriza por tres cosas: una profunda adoración, un amor filial tiernísimo y un anhelo vehemente de cumplir con su voluntad. Así amó Jesús al Padre aquí en la tierra y así debemos amarlo nosotros. Estas tres formas de devoción al Padre llevan a la cumbre del Calvario, porque la excelsa forma de devoción al Padre fue la Cruz. Es por consiguiente la Cruz -símbolo supremo de amor y de dolor- la consumación de la devoción al Padre, al hijo y al Espíritu Santo, y por lo tanto de la vida cristiana y de la perfección. La consumación del amor en la tierra se realiza en la Cruz. En el Cielo, se consuma, en el Seno de Dios.


Parte II
LOS SIETE DONES DELESPÍRITU SANTO.



 Sabiduría, Entendimiento, Ciencia, Consejo, Piedad, Fortaleza y Temor de Dios.

2.1 Aspectos generales.

Sabemos bien que aun cuando todas las obras exteriores las realizan las tres Divinas Personas; sin embargo, con fundamento en la Escritura y la tradición, los teólogos apropian a cada una de Ellas aquellas operaciones que por sus características son más propias de aquella Divina Persona. De esta manera al Padre se le atribuye la creación, al Hijo, la redención y al Espíritu Santo la santificación de las almas. ¡Si pudiéramos contemplar esta obra maravillosa de la santificación de las almas! Me atrevo a decir que esa operación es la obra maestra del Espíritu Santo en la Tierra. Es verdad que la obra maestra del Espíritu Santo es Jesús: pero la santificación de nuestras almas ¿no es la prolongación y el complemento de la obra del Paráclito en Jesucristo? El misterio de Cristo abarca la multitud inmensa de las almas que son miembros del Cuerpo Místico de Jesús. Por eso me atrevo a afirmar que la obra santificadora del Espíritu Santo es su obra maestra, porque es el complemento de la obra que Él realizó en Jesucristo. En esta obra maestra del Espíritu Santo queremos ahora considerar los dones del Paráclito, tratar de ellos es tratar de la parte más fina y exquisita de la obra de santificación. Debo antes decir que el Espíritu Santo tiene dos formas de santificarnos: una, ayudándonos, impulsándonos, dirigiéndonos, de tal manera que nosotros seguimos teniendo la dirección de nuestra propia obra. La otra, cuando toma la dirección de nuestros actos. Una comparación nos ayudará a comprender mejor lo anterior. Imaginemos un pintor genial que quiere realizar su obra maestra. Permite que sus discípulos más aventajados preparen la tela y los colores y aún que pinten algunas partes no esenciales. Pero cuando llega a la parte más fina, allí donde va a revelarse su genio, Él sólo traza los rasgos finísimos de su obra maravillosa. Así, el Espíritu Santo dirige esa obra genial y quiere que le ayudemos, pero llega un momento en que de una manera personal pone los rasgos geniales de esa imagen divina. Para ello utiliza pinceles o instrumentos especiales que son sus siete dones. Nosotros tenemos también nuestros instrumentos que son las virtudes, las cuales recibimos junto con la gracia. Con ellas vamos destruyendo poco a poco al hombre viejo y trazando nuestro hombre nuevo al ir forzando nuestra imagen para que se parezca a Jesús, Pero llega un momento en el que Él toma directamente las riendas del potro salvaje en el que a veces nos convertimos y para ello utiliza como riendas los dones del Espíritu Santo. Los dones del Espíritu Santo son receptores divinos para captar las inspiraciones del Espíritu Santo. Y esas inspiraciones no son sólo acústicas, sino que también producen mociones en nuestra alma. Santo Tomás de Aquino nos enseña que para alcanzar la salvación de las almas son indispensables los dones del Espíritu Santo. No son por consiguiente, los dones, carismas extraordinarios que reciben los santos, no, son algo que todos tenemos y llevamos dentro en nuestro corazón. Ahora bien, ¿Cómo se desarrollan en nosotros los dones del Espíritu Santo? ¿Qué debemos hacer para que alcancen su pleno desarrollo? Tres cosas debemos hacer: a.- Acrecentar en nuestros corazones la caridad. Porque la raíz de los dones es la caridad. Cuando se ama se tienen intuiciones para descubrir las intenciones y deseos de la persona amada. b.- Desarrollar en nosotros las virtudes. Por medio de las virtudes infusas (infundidas por Dios) podemos ir perfeccionando nuestras facultades. Y a medida que las virtudes crecen se está preparado el camino para que el Espíritu Santo venga con sus dones a realizar la obra santificadora. c.- Ser dóciles a las inspiraciones divinas. Nuestro corazón debe estar en silencio, atento a lo que dice, dócil para seguir las inspiraciones divinas. Cuanto más recibamos y sigamos esas inspiraciones, más se irán perfeccionando en nosotros los receptores misteriosos que son los dones del Espíritu Santo. Ahora abordemos un panorama general de los dones del Espíritu Santo antes de referirnos directamente a cada uno. A grandes rasgos podemos contemplar el conjunto de nuestras facultades. Por encima de todas ellas está el “entendimiento”. Es la facultad más alta que poseemos. La que nos hace semejantes a los ángeles, la que pone en nuestras almas un rasgo de la imagen de Dios. Por el don de Entendimiento, penetramos en las verdades divinas y para juzgar esas verdades tenemos otros tres dones: el de Sabiduría, que juzga las cosas divinas; el de Ciencia que juzga a las criaturas; el de Consejo que arregla y dispone nuestros propios actos. Respecto a nuestra facultad de “voluntad” tenemos un don, el de Piedad, que tiene por objeto arreglar y disponer nuestras relaciones con los demás. Parecería que Dios dejo débil esta parte de la voluntad, con un solo don, siendo que la voluntad es la facultad que sigue al entendimiento, pero no, Dios no se equivoca. Resulta que las virtudes teologales de la Esperanza y la Caridad, tienen una gran operación en la voluntad. Estas dos virtudes son superiores a los dones, y pueden al mismo tiempo tener función de virtud y de don y por lo tanto pueden ser utilizadas como don por el Espíritu Santo o sea sin la participación de nuestra voluntad. Finalmente para dominar la parte inferior de nuestra alma, hay dos dones: la Fortaleza y el Temor de Dios. El primero nos quita el temor al peligro y el segundo modera los ímpetus desordenados de nuestra concupiscencia. Así, desde la cúspide de nuestro espíritu, hasta la porción inferior de nuestro ser, el Espíritu Santo tiene sus dones para comunicarse con todo el mundo interior que llevamos en nosotros, para poder inspirar y mover nuestros actos humanos. Es conveniente ahora, que en los próximos capítulos, vayamos desmenuzando al detalle cada don. Haremos la revisión en orden ascendente*
Tal parecería que el Espíritu Santo dejó débil a la voluntad, con sólo un don, siendo que es la facultad que le sigue al entendimiento, para conseguir la salvación. Resulta que las virtudes teologales de la Esperanza y Caridad, tienen una gran operación en la voluntad. Estas dos virtudes son superiores a los dones y así tienen funciones de virtud y de don y por lo tanto, pueden ser utilizadas como don por el Espíritu Santo o sea sin nuestro consentimiento.

2.2 El don del Temor de Dios

Nuestras Facultades

Don del Espíritu Santo Objetivos del Don ENTENDIMIENTO 1.- Sabiduría Juzgar las cosas divinas 2.-Entendimiento Penetrar, entender lo divino 3.- Ciencia juzga a las criaturas 4.- Consejo Ordena y dispone nuestros actos VOLUNTAD* 5.-Piedad Ordena la relación con los demás PARTE INFERIOR DEL ALMA (instintos) 6.- Fortaleza Quita el temor al peligro 7.- Temor de Dios Modera nuestra concupiscencia
A primera vista parece extraño que haya un don de Temor; por ventura ¿No todos los dones tienen por raíz la caridad? ¿Y no dice la Sagrada Escritura que el amor perfecto excluye el temor? Para comprenderlo es necesario recordar que existen varios tipos de temores: Hay un temor que nos aleja del pecado, pero que es demasiado imperfecto: es el temor servil. El cual consiste en el temor exclusivamente al castigo. Este tipo de temor no está comprendido en este don. Hay otro temor que es el llamado filial. Este temor filial corresponde a una repugnancia que siente el alma por alejarse de Dios. Este temor nace del amor a Dios. La Santa Escritura nos muestra muchos pasajes en que el Temor de Dios es el principio de la sabiduría. El temor servil puede ser útil al alma pues la detiene en la cuesta del pecado y la predispone para el temor filial. El don del Temor de Dios filial corresponde con las virtudes de humildad y de templanza, pues por un lado nos hace darnos cuenta de nuestra realidad de pecadores y por el otro nos hace controlar nuestros instintos dispuestos siempre a agradarnos. Los dones también tienen grados conforme a la perfección que van produciendo. Así, el primer grado del Temor de Dios produce horror al pecado y fuerzas para vencer las tentaciones. El 2° grado además de alejarse del pecado produce una adherencia a Dios, El 3er grado este don produce un efecto maravilloso, el amor a la pobreza y el desprendimiento de las cosas. Por ello se relacionas con la 1ª bienaventuranza¨
“Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”.



2.3 Don de Fortaleza

Para que podamos superar las dificultades y eludir los peligros, Nuestro Señor ha provisto dándonos un conjunto de virtudes que se agrupan en torno de la virtud cardinal de la Fortaleza. Son la paciencia, la perseverancia, la fidelidad, la magnanimidad, etc. todo un grupo de virtudes que, como un ejército en orden de batalla, está en nosotros para fortificarnos, para alentarnos.
Pero este grupo de virtudes sobrenaturales, aunque eficacísimas, no son suficientes para que podamos superar las dificultades; porque las virtudes, por más que sean sobrenaturales, tienen nuestro sello, tienen el modo humano, y nuestro espíritu, estrecho y limitado, el cual es muy débil. De manera que, para alcanzar la salvación de las almas, no basta la virtud de la fortaleza, con sus virtudes anexas, se necesita un don, un Don del Espíritu Santo, que lleva el mismo nombre de la virtud: el don de Fortaleza. Así, bajo la moción del Espíritu Santo, la pobre criatura se reviste de la fortaleza de Dios y como que desaparece nuestra debilidad, como que tenemos la fuerza de Dios en propiedad. Y no solamente por el don de Fortaleza tenemos la firmeza necesaria para superar todas las dificultades y eludir todos los peligros, sino que el Paráclito infunde en nuestras almas una confianza grande, una seguridad que produce en nuestras almas la paz. Gracias a Dios todos los bautizados tenemos este don, mientras estemos en estado de gracia. También hay grados en el don de la Fortaleza. En el 1° podemos realizar todo lo que sea necesario para salvarnos. En el 2°nuestra firmeza llega a tal grado que no hacemos solamente lo necesario sino más operaciones que recomienda el buen consejo, para glorificar a Dios. y en el 3° nos eleva por encima de toda criatura en fuerza para combatir y nos hace superarnos a nosotros mismos, colocándonos en el seno de Dios, donde reina una paz inalterable.

2.4 El don de Piedad.

El don de Piedad unifica de una manera admirable, todas las relaciones que tenemos con los demás, las guía, las hace más profundas y más perfectas. El don de Piedad no valora lo que se le debe a Dios, sino que el Espíritu Santo, a través de este don, desarrolla en nuestros corazones un afecto filial a Dios y así, por ser sus hijos, nos ocupamos de su honor y gloria. ¿Comprendemos la diferencia entre la virtud de religión y el Don de Piedad? La virtud de religión ve a Dios como soberano y el don de Piedad lo ve como Padre. Y se distingue claramente de la virtud de Caridad. Ya que ésta nos hace amar a Dios en Sí mismo, mientras que el Don de Piedad hace velar por su honor. Cuando San Ignacio tomó por lema “AD MAIOREM DEI GLORIAM” fue sin duda una moción del Espíritu Santo a través del don de Piedad. Los grados de este don de Piedad también son tres. En el 1° El alma se comunica generosamente con los demás. En el 2°grado la generosidad se incrementa dando no lo que te sobra, sino de las cosas necesarias para uno. En el 3° grado se entrega sin reservas a los demás, se da a si misma por los demás. Hemos visto hasta aquí los tres primeros dones del Espíritu Santo.  Los dos primeros, el Don de temor de Dios y el Don de Fortaleza, rigen nuestra sensibilidad, el 3° (el Don de Piedad) dispone nuestra voluntad para que tengamos dignas y santas relaciones con los demás. Ahora, en el siguiente inciso, empezaremos a hablar de los cuatro dones intelectuales.

2.5 Los dones intelectuales.

Los cuatro dones del Espíritu Santo que nos faltan analizar son los cuatro dones intelectuales. Esos cuatro dones tienen por fin perfeccionar nuestra inteligencia e introducirnos profundamente en el conocimiento sobre-natural. A primera vista llama la atención que la mayor parte de los dones sean intelectuales; pero comprenderemos el motivo de ello si nos damos cuenta de la importancia que tiene la inteligencia en nuestras vidas. Antes de hablar de cada uno de ellos, debo señalar los caracteres generales de estos dones intelectuales. En primer lugar todos los dones intelectuales se fundan sobre la Fe. En Segundo: el que más ama más conoce. ¿Cuántos ha habido ignorantes que, sin embargo, hablan de las cosas espirituales y divinas mejor que los letrados? Es que aman y del fondo de su amor procede su conocimiento. Tercero: En el conocimiento que producen en nuestro espíritu, los dones del Espíritu Santo, no hay discurso, sino intuición. El discurso es algo humano. Las intuiciones tienen algo angélico o´ más bien, algo divino, ya que por el conocimiento de los dones se tienen intuiciones. Esta es la profunda explicación de los dones intelectuales; estos dones nos dan un conocimiento dulcísimo de las cosas divinas ¿Por qué? Porque las almas que poseen ese conocimiento aman y de las profundidades del amor, brota la luz, una luz esplendida, una luz celestial.

2.6 El don de Consejo

Hay en nuestra inteligencia una forma de actividad profundamente práctica. Nosotros, para hacer una acción realizamos un proceso mental con el fin de examinar con cuidado, no sólo su conveniencia, sino su oportunidad y todas las circunstancias en las cuales nos encontramos. Para eso, para poder determinar con exactitud lo que en cada caso en particular debe hacerse, hay en el orden natural, la prudencia, y en el orden sobrenatural la virtud infusa y cardinal de la prudencia. Pero la virtud de la prudencia, al igual que vemos en todas las demás virtudes, no es suficiente para poder santificarnos. Es por ello que Dios nos ha dado por medio del Espíritu Santo el don de Consejo. La prudencia es regida por la razón, el don de Consejo por el Espíritu Santo. La prudencia es utilizada por nosotros no siempre en el momento conveniente. El consejo siempre será dado por el Espíritu Santo en forma oportunísima. Finalmente, veamos la tercera diferencia: la norma de la virtud de la prudencia es la recta razón iluminada por la Fe. En cambio, la norma del don de Consejo es divina, es la norma de Dios Si queremos un ejemplo viviente de lo que es el hombre regido por el don de Consejo, allí tenemos a San Francisco de Sales, el santo de la discreción. Él tomó como lema la fórmula de la Prudencia: “Ni más, ni menos”. Pero para poder llegar a ser el santo de la discreción, tengamos por cierto que no bastó la prudencia humana, fue necesaria una prudencia superior, el donde Consejo. Los tres grados del don de Consejo son los siguientes:
1°. El hombre acierta con rapidez en hacer todo lo que es la voluntad de Dios.
2°. Lo hace no solamente en las cosas necesarias de la vida en el orden espiritual, sino también en las cosas de consejo, en las cosas convenientes y útiles pero no obligatorias. 3°. El hombre como que se levanta de la tierra y vive en un mundo superior. Su consejo en todos los casos es atinadísimo. ¿No es verdad que una de las más grandes miserias de esta vida, son nuestras incertidumbres? Dichosos los hombres que son conducido por la vida por el Espíritu Santo por medio del don de Consejo, porque van bajo la sombra de sus alas caminando por los senderos de la vida que han de llevarlas a la dulce eternidad.

2.7 El don de Ciencia

Hay una ciencia a nivel natural, que es muy útil al hombre y que la da todo su caudal intelectual. Hay otra ciencia a nivel sobrenatural que es la teología. -mitad divina y mitad humana-pero ninguna de estas dos es el don del Espíritu Santo. El don de Ciencia es la ciencia de los santos. Este don nos hace comprender divinamente a las criaturas para que por medio de ellas nos podamos elevar a Dios. La ciencia es discursiva, pasa de una verdad a otra, el don de Ciencia es intuitivo, intuye los enlaces misteriosos que unen a las almas y sobre todo, intuye el enlace principal entre las almas y su Creador. ¡Cuántas veces las criaturas nos seducen y nos alejan de nuestro camino, del camino recto y seguro hacia el cielo. Nos enseñan, esas criaturas a ser vanidosos, a mentir, y así, al vivir entre ellas, el placer nos envilece, el honor nos embriaga y los bienes materiales nos encadenan. Por el don de Ciencia podemos identificar todo esto que no hace bien al alma para apartarnos de ello. Pero si es verdad que hay vanidad en las criaturas, también es cierto que puede haber en ellas, un destello divino. En cada objeto del mundo hay el reflejo de su creación por Dios. Por ello cuando Dios contempló su creación vio “que todas eran buenas”
Después de su conversión San Francisco de Asís miró de una manera nueva todas las criaturas Recordemos sus expresiones: La hermana agua, el hermano sol, el hermano fuego, el hermano lobo. Y les pedía que callaran porque para él eran ensordecedores sus gritos de alabanza a Dios. Pero veamos un grado superlativo de este don de Ciencia, las almas que lo poseen ven el sufrimiento y las humillaciones de una manera nueva. ¿Y cómo explicar ese amor a las humillaciones y al sufrimiento? ¡Ah! Es que a la luz del don de Ciencia el sacrificio y la humillación tienen un sentido divino y sobrenatural. Están muy lejos de la vanidad, y al mismo tiempo contienen de una manera copiosa y opulenta el destello de lo divino. Por el sufrimiento y la humillación nos asemejamos a Jesucristo y nada hay sobre la tierra tan divina como todo lo que atañe a Jesucristo y nos asemeja a Él.

2.8  El don de Entendimiento

El don de Entendimiento sirve para penetrar en las verdades sobrenaturales y leer en lo profundo de ellas. Para lograr lo anterior no es suficiente la Fe, ya que ésta consigue que creamos pero no penetra en esas verdades. Esta es la obra que realiza el don de Entendimiento: El Espíritu Santo nos mueve para que penetremos en las honduras de todas las verdades sobrenaturales. Pero también este don nos sirve para conocernos hondamente y vislumbrar la profundidad de nuestra miseria. Cuando una pieza está a media luz nos podemos hacer la ilusión de que está limpia; pero cuando se ilumina con una luz muy intensa, se ve claramente, el estado de limpieza en el que realmente se encuentra. A este don corresponde aquella bienaventuranza:
“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”
La limpieza del corazón y la paz del alma que de ella emana, son como fruto y premio del don de Entendimiento. Pero cuidado, el don de Entendimiento puede dejar al alma en profunda desolación con el fin de limpiar los ojos del alma, para que pueda un día mirar a Dios.
La forma más sencilla de pedir a Dios que nos mande o nos permita utilizar adecuadamente el don de Entendimiento es decir simplemente:¡Señor, que yo vea!

2.9 El don de Sabiduría.

El don de la Sabiduría abarca todos los conocimientos sobrenaturales y los coordina en Dios. Este don es el superior de todos los dones, inclusive del don de Entendimiento. Brota de la caridad y conduce a ella. Tiene una importancia capital en la contemplación sobrenatural. Y es por ello, que produce en nosotros la semejanza más perfecta con Jesucristo. Recordemos aquella frase de San Pablo: “Nosotros, contemplando a cara descubierta la gloria de Dios, nos vamos transformando en su misma imagen de claridad en claridad”.
Esta serie de claridades por las cuales se va el alma transformando en Jesucristo. Es el proceso del don de la Sabiduría, cuando el alma alcanza su perfecto desarrollo, el alma adquiere la imagen de Jesús. También debo hace notar la relación de el don de Sabiduría, con la séptima bienaventuranza. Esta dice:

“Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán hijos de Dios”.

Esta paz la produce el don de la sabiduría. Es una paz que está por encima de toda paz humana. Las almas que poseen en su perfección el don de Sabiduría, son los pacíficos y ellos son los hijos de Dios, porque tienen la imagen más perfecta que se ha grabado en los hijos de Dios. Los grados de este don también son tres: 1° Adherirnos a Dios. Logrando tener un juicio recto y una rectitud sobrenatural para juzgar las cosas divinas. 2°. En el segundo grado llegamos a tener un gusto especial de las cosas divinas. 3°. Mientras que en el tercer grado, el don de la Sabiduría nos hace conocer los tesoros del dolor y nos hace sentir un  vivísimo deseo de él. A la luz del don de sabiduría, ¡Es tan bella la Cruz! ¡Es tan dulce el dolor! Que, donde está el dolor está la Cruz y en donde está la Cruz está el amor y donde está el amor está la perfecta alegría, la felicidad eterna. En los altos grados del don de Sabiduría, las almas viven como una vida celestial. Ya no quieren ver las cosas de la tierra. Ya todo lo ven en relación a la futura Patria. Esas almas comienzan a contemplar desde esta vida algo de Dios; miran todas las cosas con los ojos del amado y contemplan el universo desde la excelsa atalaya de la divinidad.


Los dones del Espíritu Santo
Rango
Efecto Especifico
Efecto según nivel de perfección del alma
Virtudes con las que se interrelacionan



1° grado
2° grado
3° grado

Sabiduría
1
Juzga las cosas divinas
Adherencia Dios, juicios rectos
Gusto especial a las cosas divinas
Comienza a ver algo de Dios
Fe, piedad, prudencia y justicia.
Entendimiento
2
Penetra las verdades divinas
Se comprenden armonías bellísimas espirituales
Nos conocemos profundamente a nosotros mismos
Conocimiento más hondo de los misterios divinos y la visión de Dios
La razón del entendimiento natural
Ciencia
3
Juzga a las criaturas
Se nos revela la vanidad de las cosas
Mirar de manera nueva todas las criaturas
Amor al sufrimiento y a la humillación
Ciencia natural sobrenatural  y teología
Consejo
4
Arregla y dispone
Acierta en hacer la voluntad de Dios
Acierta a las cosas graves y en los comunes
Mundo superior
Prudencia (virtud)
Piedad
5
Mejor relación con el prójimo
Se es generoso con todos
Se es generoso y desprendido
Entrega de sí mismo
Virtud de religión y  caridad
Fortaleza
6
Quita el temor al peligro
Fuerzas para salvarse
Fuerzas para hacer más
Le da una  gran paz interior
Virtud cardinal de Fortaleza
Temor de Dios
7
Modera los instintos desordenados
El alma se aleja del pecado
Evita las irreverencias a Dios
Pobreza, desprendimiento
Humildad y prudencia

TABLA II “los siete dones del Espíritu Santo, sus efectos y sus relaciones con las virtudes”

PARTE III
LOS DOCE FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO:



Caridad, Gozo, Paz, Paciencia, Longanimidad, Bondad, Benignidad, Mansedumbre, Fe (Lealtad), Modestia, Continencia y Castidad

3.1 Aspectos generales.

En la “secuencia” de la Misa de Pentecostés, se le llama al Espíritu Santo “Consolator optime” (Consolador óptimo). También se le llama “el Paráclito consolador” El Espíritu Santo es consolador porque Él es el amor infinito. La vida cristiana es un reflejo de la vida de Jesús. Nuestro Señor nunca escondió ni su alegría ni sus dolores o tristezas. Todos le vieron llorar. Así, los hijos de Dios tenemos durante toda nuestra vida dolores y alegrías. Bueno pues la alegría envolviendo al dolor, la alegría que brota del fondo del dolor es el consuelo que vierte el Espíritu Santo en las almas. Parece absurda la expresión de este consuelo: es el gozo en el dolor. ¿Pero cómo puede suceder esto? Ya lo dije antes: por el amor. ¡Maravilloso es el amor! Es el único que puede encontrar gozo en el sufrimiento. Cualquiera que lleva en el alma un amor sincero, profundo,  verdadero, ¿no siente delicioso sufrir por la persona amada? El dolor es la más perfecta donación de nosotros mismos. En la tierra, la fórmula del perfecto amor es ésta: “te amo hasta la muerte” “te amo hasta el dolor” Y el Espíritu Santo, el amor infinito, nos enseña este secreto divino: el gozo en el sufrimiento. Quizá no alcancemos a comprender esta sublime doctrina, pero miles de santos la testifican, el dolor con alegría y no cualquier alegría sino la perfecta alegría. Tales son los consuelos que nos da el Espíritu Santo. Nos da el consuelo de la libertad (no estar atado a las criaturas), de la unión (con Dios), de la esperanza (en todo lo que Dios nos ha prometido) y finalmente el consuelo que hemos revisado, el consuelo del dolor. Con la Gracia, las virtudes y los dones tenemos todo lo necesario para vivir cristianamente y salvarnos. Más cuando esa semilla (las gracias, las virtudes y los dones) alcanzan cierta madurez aquí en la tierra, Dios dispuso, por su generosidad infinita, que empecemos a tener un poco de cielo en esta vida ya sí, se nos dan los frutos del Espíritu Santo. El fruto del Espíritu Santo es una operación sobrenatural que, procediendo de un alma que ha llegado a cierta madurez espiritual, produce una dulzura y una suavidad celestial. No se requiere de la perfección absoluta para recibir los frutos del Espíritu Santo. Los frutos se encuentran en todas las etapas de la vida espiritual, pero a cada etapa de ese camino espiritual corresponden los frutos, como veremos después. No olvidemos que la obra del Espíritu Santo en nosotros es una obra de orden. Dios actúa en nosotros mediante una obra admirable de orden y de armonía. Pero esta obra va poco apoco. Dios es paciente. Y así, cuando nuestras relaciones con los demás hombres se ajustan a la justicia, a la caridad, al orden, entonces, como fruto aparecen los consuelos divinos. Cuando llegamos a unificar nuestros afectos, a purificar nuestro corazón y a ordenar nuestra alma, vienen los consuelos más finos a deleitar el corazón. Porque Dios es sapientísimo, infinitamente bueno, nos ama con un amor divino y nos va conduciendo con una energía maravillosa pero también con una suavidad exquisita, por tortuosos senderos hasta que lleguemos a la Patria (el Cielo),en donde ya no necesitaremos consuelos, porque allí brillará para siempre el sol espléndido de la alegría celestial.

3.2 La Caridad, el Gozo(Satisfacción) y la Paz. Primero, segundo y tercer fruto del Espíritu Santo

El Espíritu Santo derrama en nuestros corazones un amor nuevo, celestial y divino: la Caridad. La Caridad es la reina de las virtudes y es imagen del Espíritu Santo. El que tiene caridad tiene ya la capacidad de amar a Dios y tiene la raíz de esos consuelos y suavidades dulcísimas que la caridad produce en las almas; pero necesita ejercitar esa virtud hasta cierto grado de madurez. Tal es el primer fruto del Paráclito, la Caridad que está íntimamente conexo con la virtud de la caridad y corresponde al consuelo, a la suavidad que la caridad produce en el alma cuando llega a cierta madurez. Todo el que ama cuando encuentra al ser amado, cuando lo posee, goza. Así, cuando por la caridad, la unión con Dios ha llegado a cierta madurez, entonces produce este fruto del Espíritu Santo: el Gozo. Pudiéramos decir que en cada uno de los grados de amor hay un matiz de gozo, porque el pobre amor humano es así, necesita crecer lentamente. No es como el amor de Dios, el cual es un incendio divino e infinito. Y por consiguiente, en cada grado de amor, cuando éste ha llegado a la relativa madurez, el alma siente el gozo de pose era Dios, un gozo exquisito, que es el segundo fruto del Espíritu Santo. El tercer fruto va lógicamente enlazado con el segundo. Santo Tomás enseña que la Paz es la perfección del gozo. Jesucristo le decía a sus apóstoles la víspera de su pasión:
“Os he dicho estas cosas para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea pleno”

La paz no solamente aquieta el alma respecto a las cosas exteriores, sino que ordena maravillosamente sus afectos y los unifica. Por eso también la Paz es el complemento perfecto del gozo. Por estos tres primeros frutos: la Caridad, el Gozo y la paz, Dios ordena nuestra alma respecto a los bienes. En los dos frutos siguientes la Paciencia y la Longanimidad, Dios ordena el alma respecto a los males como veremos en el capítulo siguiente.

3.3 Paciencia y Longanimidad (Resignación). Cuarto y quinto fruto.

Estos dos frutos del Espíritu Santo, la Paciencia y la Longanimidad, son los frutos del dolor, son los consuelos íntimos, que Dios nos da para que podamos sufrir y para que podamos esperar. La Paciencia es la fortaleza para el sufrimiento, la serenidad para el dolor. Y esa virtud o conjunto de virtudes, que nos hacen capaces de enfrentarnos con los males y soportar los dolores, se convierten para nosotros, por medio del fruto de paciencia, en fuentes de consuelos: es algo delicioso y sublime sufrir por amor. Así el Espíritu Santo nos regala un nuevo fruto, la Paciencia en medio de nuestras luchas, de nuestras adversidades. En cambio la Longanimidad se refiere o consiste en saber esperar y aún encontrar una satisfacción íntima, un arca no deleite en las “tardanzas de Dios“. Por eso encuentran un gozo secreto en esperar, porque saben que Él da el tiempo necesario para madurar las cosas del alma. En esta vida es preciso sufrir y esperar. Para soportar lo primero Dios nos da el fruto de la Paciencia y para bien esperar nos da la Longanimidad. Es preciso esperar, pero la espera puede ser muy dolorosa porque el deseo es vivo. De ahí el verso de Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí  Y tan alta vida espero Que muero porque no muero”.

3.4 Bondad, Benignidad (Generosidad), Mansedumbre (Docilidad, obediencia, humildad) , y Fe. Sexto, séptimo, octavo y noveno frutos.

Nuestra vida activa tiene dos áreas principales de desempeño con nuestro prójimo y con las cosas inferiores. En este capítulo nos enfocaremos al trato con el prójimo. La vida humana, no es una vida de aislamiento, sino una vida en sociedad. Dios nos hizo nacer en medio de una familia. Nos colocó en una sociedad y, entonces, nosotros necesitamos forzosamente convivir con nuestros hermanos, con nuestro prójimo. Santo Tomás nos enseña que es más eficaz alcanzar la santidad si nos ponemos en contacto con los demás que recluirnos en la soledad. Así que es preciso que el Espíritu Santo con su luz, con su fuego y con su acción, venga a ordenar nuestros corazones, para saber convivir con nuestro prójimo. Disponemos de dos auxilios recibidos en nuestro bautismo para hacerle frente a estas relaciones con el prójimo: la Justicia (virtud cardinal) y la Piedad, don del Espíritu Santo. Hay dos frutos del Paráclito, que se relacionan directamente con esta lucha por tener buenas relaciones con el prójimo. La Bondad y la Benignidad. La Bondad es el anhelo de hacer el bien a todos. La Benignidad es la ejecución generosa de ese deseo. Quizá a primera vista no comprendamos como puede encontrarse gozo y consuelo en esas obras arduas de caridad. Querer hacer el bien o hacerlo siempre nos da una satisfacción, tanto en el orden natural y sobre todo en el sobrenatural. Así dijo N.S. Jesucristo:

“El que da un vaso de agua a un pobre no quedará sin recompensa”

No solamente quedará recompensado en la vida eterna, sino que será también recompensado aquí en la tierra con consuelos celestiales, con los frutos exquisitos de la Bondad y la Benignidad. Pero también necesitamos frutos especiales contra los males que forzosamente vamos a encontrar en nuestro trato con los hombres. Contra la ira necesitamos la Mansedumbre. Sí, esa virtud tan difícil que es la Mansedumbre, pues casi siempre nos parecen justificados nuestros momentos de ira. Pues la Mansedumbre, esa virtud tan difícil, tiene su premio desde aquí en la tierra, tiene sus goces exquisitos, la dulzura de ser mansos, de ganarla tierra no por el ruido de las armas, no por el peso de la violencia, sino por la dulzura y mansedumbre. Hay un último fruto de la vida activa, la Fe. La palabra fe, tiene dos acepciones o sentidos. La tradicional, o sea la credibilidad 0 que damos a una verdad. Pero también significa fidelidad. O sea ser fieles, leales, rectos, sinceros, veraces, en nuestro trato con el prójimo. Ahí está el último toque de Dios en nuestras relaciones con los hombres. Debes querer hacerles el bien, hacerles el bien, con dulzura y con lealtad. Y a esa lealtad corresponde también un consuelo o fruto del Espíritu Santo: el gozo de ser leales, el gozo de ser fieles, de ser sinceros y veraces. El cristiano tiene mucho que sufrir, pero también tiene mucho que gozar.

3.5 Modestia, Continencia (Abstinencia, moderación) y Castidad, el décimo, décimo primero y décimo segundo, frutos del Espíritu Santo.

Las tres concupiscencias que tenemos (concupiscencias de la carne, concupiscencias de los ojos y soberbia de la vida) son las huellas profundas que el pecado original dejó en nuestra alma. Estas nos inclinan a deseos desordenados de placeres, de honores y de riquezas, son las que nos hacen que no podamos usar modestamente de las criaturas. Según los designios de Dios, las criaturas deben ser escalas para ir al Cielo. El pecado las ha convertido en amos crueles que nos esclavizan. Es indispensable, entonces, que usemos ordenadamente de esas criaturas. Para ello Dios nos ha dado las virtudes de la templanza, el donde el Temor de Dios, el don de Ciencia. Y así, las almas luchando con esas armas logran poner orden en sus acciones. Donde quiera que hay un orden, hay un gozo celestial. Y a este gozo corresponden los últimos tres frutos del Espíritu Santo: Modestia, Continencia y Castidad. La Modestia es el orden en las cosas exteriores, como la mirada, el vestido, el porte, las formas, etc.; mientras que la Continencia y Castidad son el orden en las cosas interiores o íntimas, nuestras pasiones. A primera vista nos cuesta trabajo comprender que gozos se pueden obtener de ordenar estos aspectos, de ejercer esas virtudes. Pero analizándolo bien sí que los hay. El gozo de la libertad, el gozo de una santa soberanía sobre nuestro cuerpo. Por ejemplo, cuando se ordena nuestro ser, recobramos nuestra libertad y nuestra soberanía y el Espíritu Santo infunde en nosotros los consuelos correspondientes.

3.6 Conclusión de los frutos del Espíritu Santo

De trecho en trecho, a la vera del camino, se levantan los árboles fecundos que producen los frutos divinos del Espíritu Santo. Primero se encuentran, en la parte inferior del alma, los frutos que acabamos de revisar. La Castidad, la Continencia y la Modestia, después en la parte media del alma, en la relación con los demás, se encuentran la Bondad, la Benignidad, la Mansedumbre y la Lealtad (Fe) y en la parte superior del alma, la Paz, el Gozo y la Caridad, que son los frutos del amor, y los frutos de Paciencia y Longanimidad, que son los correspondientes al dolor. Esos gozos divinos del Espíritu Santo, al mismo tiempo que son consuelos que fortifican el alma son también como brisas de la Patria celestial que llegan al destierro para orear nuestra mente y embalsamar nuestro espíritu con el perfume exquisito del cielo


FRUTO
RANGO
CONSUELO ESPECIFICO
NIVEL DE ACCION Y ORDEN DEL ALMA
CARIDAD
1
Gozo, delectación especifica
Parte superior del alma. Orden del alma respecto al amor.
GOZO
2
Dicho y Gozo

PAZ
3
Paz exquisita y sobrenatural

PACIENCIA
4
Gozo en el dolor
Orden del alma respecto a los males
LONGANIMIDAD
5
Gozo en esperar

BONDAD
6
Satisfacción por anhelar ser bondadoso
Orden del alma respecto a las relaciones con los demás en cuanto a sus bienes
BENIGNIDAD
7
Satisfacción por ser bondadoso

MANSEDUMBRE
8
Gozo por controlar la ira, dulzura por ser manso
Orden del alma respecto a las relaciones con los demás en cuanto a sus males
LEALTAD (FE)
9
Gozo por ser leal y fiel con las criaturas

MODESTIA
10
Gozo por ser modesto (exterior)
Parte inferior del alma. Ordenar nuestras relaciones con las criaturas inferiores ; riquezas, placeres, honores, etc.
CONTINENCIA
11
Gozo por ser libre de las criaturas

CASTIDAD
12
Gozo por ser soberano del cuerpo (interior)



TABLA III LOS DOCE FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO: CONSUELO ESPECÍFICO YNIVEL DE ACCIÓN

Parte IV
LAS OCHO BIENAVENTURANZAS



4.1 Aspectos generales:

Las bienaventuranzas son también frutos del Espíritu Santo, pero son los frutos más exquisitos. Suponen la perfección; son algo excelso que solamente se desarrolla en las cumbres de la vida espiritual. Las bienaventuranzas son el fruto más perfecto que pueden producir las virtudes y los dones. Las bienaventuranzas son fruto, pero no todo fruto es bienaventuranza. Las bienaventuranzas son los frutos de las alturas, son los frutos que reciben las almas que llegan a la perfección. Ellas fueron dichas o predicadas por N.S. Jesucristo en el sermón de la montaña; ahí nos mostró la escala de la dicha, el secreto de la felicidad porque para eso vino al mundo, para que fuéramos felices. Llegamos, entonces, a las últimas cumbres de la perfección y de la felicidad. ¡Qué lejos se mira la tierra desde esas alturas! ¡Qué próximo el Cielo! Así se consuma el misterio de la felicidad. A estas siete cumbres se llega por el ejercicio de las virtudes. Pero sobre todo por la operación de los dones del Espíritu Santo. A la jerarquía de los dones corresponde la jerarquía de las bienaventuranzas: Al don Temor de Dios corresponde la bienaventuranza del desprendimiento, al de piedad, la de la dulzura, al de ciencia, la de las lágrimas; al del consejo, la de misericordia, al de entendimiento, la de la luz, y al don de sabiduría la bienaventuranza del amor. Los dones son las raíces, las bienaventuranzas son los frutos suavísimos de los cuales se goza a la sombra del amado. La octava bienaventuranza, que es la del dolor y el martirio, es el resumen y la consumación de todas. El dolor es en la tierra, la última palabra del amor, así como la última palabra del Cielo es el gozo eterno. ¡Las bienaventuranzas son la marcha triunfal del amor! ¡Una gama riquísima de su divina armonía!

4.2 Primera bienaventuranza:

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”

Aunque son ocho las bienaventuranzas, realizan una sola perfección. Como un rayo de luz blanca en que se funden los siete colores, así se funden los colores de todas las virtudes y de todos los dones para formar una luz celestial. Cada una de las bienaventuranzas expresa la perfección, pero con su propio matiz, y forman todas ellas una escala para subir a Dios. En la base de esta divina escala, está el desprendimiento de las cosas terrenas que tiene como principio el temor de Dios y como premio el reino de los Cielos y en consecuencia la posesión de los bienes celestiales. La pobreza de espíritu, según Santo Tomás de Aquino, es el desprendimiento total y voluntario de los bienes exteriores, honores y riquezas. Jesucristo enseñó muchas veces la necesidad de este desprendimiento para alcanzar la perfección:
“Si quieres ser  perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y ven y sígueme”
La mayor parte de los hombres, como el joven del Evangelio, vuelven las espaldas al Señor. ¡Se apegan tanto a las cosas terrenas! Cierran las puertas de su alma a la felicidad que ansían. Y todo por no despegarse de cosas efímeras. Los bienes temporales, las cosas temporales pueden ayudarnos a ir al Cielo, pero también estorbarnos. Para ser felices necesitamos ser libres y el santo desprendimiento es el primer grito de libertad de las almas: Bienaventurados los pobres de espíritu. La pobreza de espíritu es el amor que inicia su obra de despojo. El amor de Jesús en la Cruz es prodigio de desnudez y abismo de riquezas. Para alcanzar el amor de Jesús es preciso despojarse de todo.
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”

4.3 Segunda Bienaventuranza

“Bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra”

Primero se transforma el hombre de iracundo a manso, con una gran mansedumbre, de la que habla la segunda bienaventuranza. La pobreza de espíritu la prepara puesto que ciega la fuente más abundante de la ira: Sosegada el ansia de poseer, el alma está dispuesta para la tranquilidad de la mansedumbre. El alma que tiende a la ira, utiliza los dones del Espíritu Santo. Así, usa de los dones de Ciencia y Consejo para orientarse en lo que debe hacer. Utiliza también la fortaleza para vencer su carácter irascible. Y finalmente usa del don de Piedad para trocar en dulzuras sus asperezas. A quienes tan perfecta mansedumbre alcanzan, Jesucristo les ofrece como recompensa que poseerán la tierra. Se refiere sin duda a la tierra de los vivientes de que habla tantas veces la Escritura, que la tierra de los que mueren sería premio harto exiguo para quien ha merecido en la primera bienaventuranza el reino de los cielos. ¿Qué significa esta posesión de la Tierra? El premio de las santas obras, el tesoro que beatifica al justo es uno solo: Dios. Pero siendo este premio infinito, se va poseyendo por grados que crecen indefinidamente sin que se agoten jamás. Solamente Dios que es infinito puede agotar, si vale esta palabra, la infinita plenitud de su propia felicidad. Cada premio de las bienaventuranzas contiene el divino tesoro en grados diversos y bajo aspectos múltiples que corresponden a los méritos. La idea de posesión encierra los caracteres de tranquilidad y de firmeza; poseer la tierra es gozar pacífica y sólidamente de los bienes eternos. Los hombres luchan y se entregan a los excesos de la ira para asegurar la posesión de los bienes terrenos. El Maestro nos enseña que por la fuerza de la dulzura alcanzarán las almas la posesión de los bienes eternos. La plenitud de esa posesión es el cielo; pero desde la tierra se inicia la recompensa de la mansedumbre.

4.4 Tercera bienaventuranza“

Bienaventurados los que lloran porque serán consolados”

La tercera bienaventuranza se caracteriza por la luminosa explosión del Don de Ciencia. Bajo el influjo de este Don el alma logra una nueva visión de la vida, descubre el sentido profundo de las cosas terrenas, su fondo aparece desnudo ante sus ojos atónitos; y al bañarse de luz, siéntese conmovido hasta lo más profundo de su ser y llora, llora por mucho tiempo sin poderlo remediar. Estas lágrimas, cristalinas como la luz, amargas como el dolor y suaves como mensajeras del amor, producen en ella el milagro del consuelo. ¡Benditas lágrimas que en su corriente suave arrastran los restos de la vida terrenal! ¡Lágrimas fecundas, que caen sobre la tumba del hombre viejo, como cayeron las de Cristo en la tumba hedionda de Lázaro y que realizan, como las de Cristo, el prodigio de que brote la vida del fondo de la muerte! ¡Dichosos los que lloran por la santa desilusión de las cosas  humanas! ¡Serán consolados! El consuelo de las lágrimas es el presentimiento y como el preludio del gozo eterno. Y este consuelo fundamental alienta a los justos en el combate de la vida y, a las veces, hace olvidar las miserias del destierro y les da fortaleza para trabajar sin cansarse, para sufrir sin desfallecer, con los ojos y el corazón fijos, en aquel paraíso, cuya sustancia penetran por la fe, cuya posesión tocan ya por la esperanza y cuyo gozo comienzan a saborear por el amor.

4.5 Cuarta bienaventuranza

“Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia, porque serán saciados”

 Tienen hambre y sed. Es una forma de expresar la vehemencia de su deseo. Justicia se entiende en el sentido del trabajo realizado para dar gloria a Dios. Así, el alma apurada por el aguijón del amor, cuya medida es no tener medida, busca con impaciente ardor la justicia, la cual anhela sin medir sus fuerzas porque cuenta con la fuerza de Dios. El origen de esta audacia asombrosa es el Don de Fortaleza. A la confianza en el divino poder que produce el Don de Fortaleza se añade el don de Piedad que nos hace mirar a Dios como Padre y al prójimo como a nuestros hermanos y el fuego de la caridad se enciende en nuestros deseos y se acrecienta nuestra audacia. Serán saciadas: Esto llega cuando todos los trabajos emprendidos por la justicia y el honor de Dios, florecen y dan su fruto. Las almas serán saciadas, las almas están saciadas. Aunque la saciedad completa no es de esta vida. Sin embargo, podemos decir que María, la incomparable Madre de Dios es un alma saciada de justicia, es la saciedad plena, la armonía consumada y canta con acentos inspirados, las glorias de Dios. Bueno, pues en pos de su Reina van todas las almas generosas que a costa de rudos trabajos y torturantes deseos logran la saciedad de justicia en su jardín interior, henchido de serenidad y armonía.

4.6 Quinta Bienaventuranza:

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos conseguirán misericordia“

Consumada la obra divina de la justicia, quédale al alma un pendiente, si así puedo expresarme, más divina aún: la obra de misericordia. Es humano hacer nuestras las miserias de los que amamos; pero es divino amar aún a los enemigos. Es humano compadecernos de ciertas debilidades humanas: un niño enfermo, una doncella mancillada o una madre que llora por un mal hijo; pero inclinarnos a las miserias que aparecen sin velos tales como: corregir con dulzura al que yerra, perdonar las injurias por grandes que hayan sido, o sufrir con paciencia las flaquezas de los demás, lo repele el corazón humano, es más propio del corazón de Dios. Dios es misericordioso porque es infinito, nosotros somos egoístas porque somos limitados. Hay una justicia humana y otra Divina; no hay más que una misericordia divina, que por imitación se refleja en los hombres. En su incomprensible miseria de amor el alma iluminada por el don de Consejo comprendió que solamente la misericordia puede atraer misericordia. Para aliviar las miserias extrañas el alma se olvida de sí misma, pero hay unos ojos que la miran: los ojos de Dios. Y entonces Él, viendo la misericordia que emplea con sus hermanos, paga al 100 por 1 dando a esa alma mucho más misericordia de la que ha dado. Esa Alma misericordiosa pidió misericordia y esa alma sintió que unas manos muy delicadas la tomaban y la levantaban como a un niño pequeñito, y lo subían muy alto, hacia la cumbre, sin merecerlo, y desde esa cumbre veía una luz inmensamente clara, era el mismo Dios que ansioso le esperaba.

4.7 Sexta Bienaventuranza.

“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

La santa Escritura dice que “Dios es luz” y la Iglesia clama para exaltar al Verbo, “Luz de Luz” y llama al Espíritu Santo  “Luz felicísima”. Para que las almas se bañen en luz, para que sean luz, necesitan purificarse. “Erais en otros tiempos tinieblas, ahora sois luz del Señor” dice San Pablo. Y para transformar las almas en la imagen de Dios, deben subir de pureza en pureza, aquilatándose más y más. Dice San Pablo Por eso la sexta bienaventuranza tiene por premio la luz, porque tiene por mérito la pureza y tiempo es ya de que el alma, brille como un sol transparente de pureza, la pureza de la mente y la pureza de la inteligencia. Así lo expresa Santo Tomás aclarando que limpieza del corazón no es sólo de las pasiones, sino limpieza de los errores contra la fe y las buenas costumbres. Y San Agustín antes lo había dicho: La sexta operación del Espíritu Santo, que es el entendimiento, conviene a los limpios de corazón. Así conviene que los limpios de corazón tengan también una purificación intelectual. Cuanto más se limpia los ojos del alma, más se va llenado de luz celestial.

4.8 Séptima Bienaventuranza.

“Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios”.

Las cosas de la tierra no son el fin ni el descanso de nuestro corazón y aunque lo atraen, porque llevan un reflejo divino, no lo sacian ni lo pacifican. ¡Si los hombres conocieran el amor de Dios! Sabrían que después de pasar los años en pobres amores, nos vamos a extasiar en un amor verdadero, excelso e inmortal, el amor de Dios. Pero la vida sigue la ley ineludible de toda vida terrena. Tiene flujo y reflujo. Como un océano se acerca e introduce en las grietas de las grandes rocas en la costa, así se acerca el alma al amado; pero al igual que el océano, en un segundo movimiento, sale de las grietas y se aleja con la resaca, dejando ver la playa y dejando, también, al alma con un Inmenso vacío y una honda herida de amor.

La séptima bienaventuranza ES LA CUMBRE DEL AMOR. El don de entendimiento acrecentó sin medida la caridad. Ahora con el don de Sabiduría surge una nueva luz en la tierra. EL don de Sabiduría rige, en cierta manera, todos los dones; al igual que la caridad rige todas las virtudes. Desde la primera bienaventuranza fue necesario el don de Sabiduría que dirige al don de Temor de Dios, principal don que influye en ésta; hasta la séptima bienaventuranza, en la que juega el papel principal siendo como es, el faro espléndido e indispensable para la contemplación.
Las santas almas que logran convertirse en la imagen fiel de Jesucristo serán llamadas hijas de Dios. Pero para que esto suceda a las almas les falta una cosa: morir. Siempre el sufrimiento y la muerte es lo que condiciona el triunfo final, como en el calvario, como sucedió en la Cruz.

4.9 Octava Bienaventuranza

“Bienaventurados los que sufren persecución por la Justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.”

Más alto que las siete cumbres que hemos contemplado solamente hay una, el calvario, porque en ella está Jesús crucificado, divino modelo de perfección y tipo incomparable de felicidad. La fórmula de la santidad, tal como aparece en la cumbre de la séptima bienaventuranza es esta: ser santo es ser Jesús. Es preciso completarla en esta octava bienaventuranza: ser santo es ser Jesús Crucificado. Estar como Él, desnudo, llagado, ultrajado, crucificado. Ser santo es ser víctima, es ofrecerse como sacrificio de adoración. Pero es también ser altar y sacerdote. Por eso en la octava bienaventuranza que es la de la persecución, la Cruz, es la consumación de todas las demás. En ella convergen como los ríos en el océano, todas las virtudes y dones del Espíritu Santo. Su Cruz es el prototipo de la felicidad, porque es el prototipo de la perfección, y en esta Cruz se encierran todos los méritos de las bienaventuranzas. La fórmula de la perfecta alegría es aquella frase de San Pablo que nadie, sino Jesús, comprende totalmente: “Por el Espíritu Santo se ofreció a sí mismo, inmaculado, a Dios”
 Su Cruz debe ser nuestra Cruz, en ella cabemos todos. Cuando lleguemos al calvario, subamos a la Cruz de Cristo, que nuestras almas, estremeciéndose de dolor, empezarán casi al mismo tiempo, a gozar de la felicidad, de la perfecta alegría.

LAS BIENAVENTURANZAS
RANGO
                          ASOCIACION CON VIRTUDES, DONES Y FRUTOS
Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia porque de ellos es el reino de los cielos
Es la cumbre más alta: El Calvario. Ahí Dios hijo utilizó todas las virtudes, todos los Dones y recibió los consuelos de todos los frutos y de todas las bienaventuranzas.
Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios
Paciencia, Paz, Caridad
Sabiduría
Paz
Bienaventurados los limpios del corazón porque ellos verán a Dios
Pureza, Castidad
Entendimiento
Gozo, Caridad
Bienaventurados los misericordiosos porque ellos conseguirán misericordia
Humildad, Fe, Caridad, Esperanza
Ciencia, Fortaleza
Caridad
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados
Caridad, Justicia, Caridad
Consejo, Fortaleza, Lealtad
Gozo, Paz, Caridad
Bienaventurados los que lloran porque ellos serán  consolados
Humildad
Piedad
Gozo, Paz
Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra
Esperanza, Caridad, Prudencia
Fortaleza, Consejo, Piedad
Mansedumbre, lealtad
Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos
Esperanza y Caridad
Temor de Dios
Continencia y Castidad

TABLA IV.

LAS OCHO BIENAVENTURANZAS Y SU ASOCIACIÓN CON LAS OTRAS GRACIAS DEL ESPÍRITU SANTO